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domingo, 30 de septiembre de 2012

Más sobre los lunes

¿Alguna vez he explicado por qué este blog se llama así? Seguramente se me haya colado en alguna entrada.

Acabo de pintarme las uñas color café. He hecho un primer intento con el coral, pero resulta que después de quitarme el último esmalte, color azul, también mis uñas han quedado azules y parece que estoy muerta. Y el coral no es lo bastante oscuro para tapar el azul, así que he probado con el café. Pintarme las uñas color café quiere decir que me estoy reconciliando con el otoño. De un año para otro me cuesta recordar lo mal que me sienta la llegada del frío. Estoy muerta de calor, deseando poder dormir con el edredón, y se me olvida de que los cambios de tiempo me ponen los nervios de punta, como a los ancianos.

Mientras se secaban las uñas, he abierto mi ejemplar de "El gozo de escribir". No me había dado cuenta de que estuviera tan viejo ya. Lleva conmigo unos doce años: le ha cambiado el olor de las páginas y las cubiertas están rajadas por los bordes. Lo ojeaba para ver si encontraba un fragmento sobre conocer a los demás. Algo como que un amigo de la autora le decía: este libro debería tener mucho éxito, porque al acabarlo uno siente que conoce a quien lo ha escrito. Quería encontrar ese fragmento a cuenta de la encuesta, porque alguien me ha preguntado sobre su finalidad. La finalidad de este blog, al final, es que me conozcáis; la de la encuesta, más o menos, es conoceros yo a vosotros.

"Conectar con otros, relacionarse con otros, es una de las principales fuentes de satisfacción de la vida", me decía el otro día Anxo mientras conducía hacia Vejer. Es verdad. Yo no sé qué tiene de bueno el vínculo, ni sé por qué a mí me interesa saber de las vidas de otra gente y a otra gente de la mía. Pero es así. Es como tantas otras cosas que no hace falta comprender para saber que son ciertas.

No he encontrado el fragmento que buscaba, pero he aprovechado para releer el capítulo titulado "Más sobre los lunes". Es gracioso, porque como mi blog se llama así desde hace tanto tiempo, se me olvida que el capítulo estaba antes y por un instante pienso que vaya coincidencia.

Siempre he dicho que hablo de los lunes porque me parece que están hechos de una sustancia muy parecida a la vida. Levantarse temprano, el olor de los bares a café y tostadas, el susurro triste del autobús camino del curro. Los rostros serios de la gente, los paseantes voluntariosos junto a la playa, la rutina descolgándose despacio frente a nuestros ojos cansados porque el domingo, para variar, nos acostamos más tarde de la cuenta.

Cuando estaba en Málaga estudiando el PIR, J. siempre me pedía que me quedara a dormir con él los domingos. Decía que la víspera del lunes dormía fatal. Digo yo que el estado de ánimo de tu domingo por la tarde dice mucho de la calidad de vida de tus lunes pero, aún así, yo entendia a J., y solía pasar las noches de los domingos acariciándole la espalda. Él se sobresaltaba un par de veces entre mis brazos y se quedaba frito; a veces se despertaba inquieto a media noche y siempre se alegraba de verme allí.

Hoy ha sido un día muy, muy raro. Ha empezado saliente de guardia, conmigo soñando despierta en la cama de la habitación de residentes. Por la mañana estaba muy triste, nivel de verdad que no puedo sola con esto, entendiendo esto como gestionar mis días sobre la tierra de forma decente. Luego he visto el nuevo capítulo de Anatomía de Grey, que también es como para cortarse las venas: ¿podrías, por favor, Shonda Rhimes, dejar de matar gente de una vez? Menos mal que a las cinco he conducido hasta la casa de mi tío Quique para pasar la tarde dibujando. Ha montado un taller gratuito como protesta pacífica contra la crisis: si me quitan dinero, yo enseño gratis. No es muy práctico como revolución, pero me gusta la idea.

Ahora estoy de vuelta, más tranquila que en toda la semana, y de verdad que todo esto nos lleva a alguna parte. A que más sobre los lunes tiene que ver también con hacer los lunes más tolerables. Quiero escribir para quitarle a los domingos la angustia y poder empezar las semanas extremadamente avionil. Quiero escribir como única arma que me queda ante el miedo y la rutina, porque incluso cuando me parece que estoy exprimiéndome el cerebro como un limón seco, hay una parte de mí que sabe más que yo y que se alegrará de leer esto en el futuro.

Más sobre los lunes porque los domingos por la noche nadie debería estar solo. Y escribir aquí ahora mismo es la única forma que se me ocurre de poner en esa empresa mi granito de arena.

Por último, os enseño mi dibujo de esta tarde. Sí, sé que lo mío es obsesión más que amor; qué le vamos a hacer :)  



Hu ha artístico :D

viernes, 28 de septiembre de 2012

Encuesta de mercado con PREMIO!!!!!!!!!!! (Atraer vuestra atención, lalalalalalaaa)

Queriditos:

En este afán mío de no conflictuarme escribiendo, he dedicado la última hora a algo que tenía ganas de hacer desde hace tiempo: masturbarme crear una encuesta de mercado. Por una parte, me gustaría conocer un poco más el perfil, preferencias y lo que queráis/ tengáis que decir sobre éste mi blog. Por otra parte, estoy pensando en sacar algo escrito más largo y quería saber qué tipo de libro os gustaría más. Así que he diseñado un cuestionario no demasiado largo y salpicado del humor y entretenimiento que me caracteriza, y me encantaría que lo contestarais.

Ahora bien; como no sólo de amables peticiones vive el hombre, ¡¡la encuesta tiene un sorteo y el ganador se llevará un premio!!

[Marina: manipulando mediante el tamaño de fuente desde 1990 (aprox).]

El premio consistirá en un pack de lector de massobreloslunes. Consistente en:
1. Alguno de mis libros favoritos, dedicado y autografiado. El libro se consensuará entre el ganador y yo, más que nada para asegurarme de que no lo ha leído y de que le apetece hacerlo.
2. Una recopilación de textos inéditos en el blog (algunos relatillos, fragmentos de diarios, artículos antiguos y más material interesante que encuentre por ahí).
3. Un pintaúñas de color genial y calidad comprobada + el esmalte de secado rápido de Mavala que cambiará tu vida (si eres tía). Una foto de mis pechos (si eres tío) (bromeo; si eres tío ya buscaremos algo).
3.Una tableta de mi chocolate favorito.

Todo ello enviado a domicilio (o entregado en mano si eres de por aquí cerca), envuelto bonito y con más sorpresas que se me vayan ocurriendo por el camino.

EXTRA: Además, si consigo que más de cincuenta personas completen la encuesta, ME COMPROMETO seriamente (y no como el año pasado) a que dedicaré el NaNoWriMo de este año al libro que salga ganador.

Creo que todo lo anterior es un soborno lo suficientemente potente como para que contestéis. Muahaha.

Pasos a seguir:

1) Contestad la encuesta. Como veréis, hay preguntas que son obligatorias y otras que permiten permanecer en el economato y/o no pronunciarse sobre temas más o menos delicados.

2) La última pregunta es de respuesta libre. Ahí deberéis indicar, además de sugerencias y comentarios:
    a) Vuestro nombre o nick si no os importa no permanecer en el economato.
    b) Una palabra clave si queréis participar en el sorteo pero no queréis que sepa quién sois porque resulta que habéis contestado en todas las preguntas que me odiáis.

3) IMPORTANTE: Si queréis participar en el sorteo, comentad en este post:
   - O bien con vuestro nombre/ nick.
   - O bien con la palabra clave que habéis incluido en la encuesta. Había pensado en un sistema más complejo para verificar luego que el ganador es quien dice ser y no cualquier que dice que fue él quien puso "esternocleidomastoideo" como palabra clave, pero creo que voy a confiar en vuestra buena voluntad. Sencillamente, cuando haga el sorteo anunciaré la palabra clave y esa persona podrá ponerse en contacto conmigo. Si pensáis que así habrá problemas y se os ocurre algún sistema mejor, estoy dispuesta a escuchar.

Y sin más, os dejo con la encuestita. Muchas gracias por vuestra colaboración, ¡no os arrepentiréis!

IMPORTANTE:La fecha límite para contestar será el 14 de octubre (poco más de dos semanas).

[Editado: me comentan que al contestar la encuesta se puede ver el apartado de respuesta libre de los demás. No sé cambiarlo, así que no escribáis ahí nada del tipo "soy tu vecino de enfrente y TE AMO" o "aprovecho para contarte que aunque blogueo como un chico joven y guapo, en realidad soy una monja mayor y parcialmente obesa". Gracias y disculpad las molestias]

jueves, 27 de septiembre de 2012

Heart in a box

Como no me quiero acostar muy tarde, estoy rebuscando entre los post antiguos algo que reciclar. Y, mira tú por dónde, he encontrado este texto. Lo escribí en noviembre de 2011, hace ya casi un año.

Esta entrada es toda ella un spoiler del último capítulo de Anatomía de Grey. Pero vamos, que no spoilerea partes muy importantes, así que aunque os mole la serie y queráis mantener el intríngulis, la podéis leer sin problema.

Resulta que en el capítulo en cuestión Christina Yang, la china fea que ya con el tiempo y la mera exposición no me parece tan fea, está redactando una lista de operaciones de corazón que le gustaría hacer. Para los que no sepáis de qué va la serie, trata de unos cirujanos muy, muy frikis de la cirugía, así que la lista de operaciones de Yang es más o menos como mi lista de maromos ideales o de autores a los que me gustaría parecerme.

Al principio del capítulo, Yang y Altman, su adjunta cardióloga, sacan un corazón para un transplante y lo conectan a una máquina que hace que no deje de latir. El receptor muere antes de poder recibir el corazón, así que Christina tiene que quedarse todo el día vigilando al corazón en la caja mientras hace su lista de operaciones. No sabe cuáles escoger, y entonces el ex jefe, que es mayor y experimentado, le dice que el corazón en la caja tiene la respuesta.

Varias escenas después aparece en la sala Avery, que es algo así como un dios mulato de la cirugía. Está tan increíblemente bueno que seguro que lo han generado por ordenador como a los extraterrestres de Avatar. El caso, que me disperso, es que Avery se encuentra a Yang consultando al corazón en una caja como si fuera un oráculo. Lee una cirugía, mira al corazón latir y decide si la incluirá o no en su lista.

Avery: ¿De qué va esto?
Christina: Es el corazón en la caja. Él tiene la respuesta.
Avery: ¿Cómo puede tener la respuesta un corazón?
Christina: Cuando sacas un órgano para transplantarlo, ¿qué haces?
Avery: Lo pones en hielo.
Christina: Exacto, lo pones en hielo y coges un helicóptero hasta el donante, lo colocas y rezas para que ese órgano frío y muerto vuelva a la vida. Pero él nunca ha dejado de latir. Nunca ha parado de estar caliente. Nunca ha parado de vivir. Es un maldito milagro. Estás sentado enfrente de un milagro. Y, cuando te das cuenta, cambia tu perspectiva. Así que lo que hago es lo siguiente. Miro una cirugía, luego miro el corazón, y si la cirugía no es ni la mitad de increíble que el corazón, no merece mi tiempo. Te hace saber lo que es importante para ti. Eso es lo que hace el corazón en la caja.

Hay que ver cómo hay momentos que te atraviesan en algo tan pueril como Anatomía de Grey. Me he preguntado cuál es el corazón en mi caja.

Ahí me quedé cuando escribí el post. No sabía muy bien cómo terminarlo ni si podía resultar interesante. Y ahora que lo releo pienso que bueno, casi un año después sigo sin haber encontrado el amor, entendido como querer a alguien y que ese alguien también me quiera a mí.

Pero, curiosamente, creo que sí que he encontrado el corazón en la caja. El sitio a donde mirar la próxima vez que quiera saber si lo que tengo entre manos merece la pena.

Y eso es bueno. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Amigos

- Tienes que leer este artículo - dice Rosa en cuanto escucha entrar a Vicente por la puerta.
- ¿Qué? - él se está quitando la chaqueta y los zapatos, que cambia por unas zapatillas de felpa azul. Entrar en el piso, calentito y recubierto de parqué, es un poco como entrar en un útero.
- Este artículo - Rosa está sentada en la mesa de la cocina. Vicente se agacha un poco, le da un beso breve y levanta los ojos hacia la olla que hierve sobre la vitrocerámica de inducción -. Albóndigas, hay albóndigas.
- Estoy muerto de hambre.

Se desplaza hacia el fondo de la cocina casi como bailando, arranca el pico de la barra de pan que asoma por la panera y abre la olla. Le sorprende un poco que Rosa no le diga que se esté quieto. Claro, que él eso nunca lo ha entendido: si no quieres que coma pan, no compres pan. Lo que no puedes es ir todos los días a por una barra blanca, calentita y crujiente y pedirme que me controle. Que no soy de piedra.
- Dice que la clave para que un matrimonio sea feliz es la amistad. Que llega un punto en el que la pareja tiene que ser más amiga que amante.
- ¿El artículo dice eso?
- Sí.

Vicente se encoge de hombros.
- A ver, qué pasa, por qué pones esa cara, ¿eh? No es tan raro.
- Yo qué sé, Rosa...
- ¿Yo no soy tu amiga?

Vicente la mira ahí sentada en medio de la cocina. Hace apenas unos meses que hicieron la obra y el hijo mayor insistió en que pusieran los muebles en naranja. Demasiado moderno, decía Rosa, pero como no sabe negarse a lo que le pide el niño, naranja lo pusieron. Y ahora él la ve allí, con el vestido ligero que se pone para estar por casa, el pelo recogido en una pinza, sosteniendo la revista en la mano, y le parece un poco extranjera, como deportada.
- A ver, mi amiga, mi amiga... eres mi mujer. Es que amigos es otra cosa.
- Por ejemplo, si tú tienes un problema me lo cuentas a mí primero, ¿no?

Vicente duda si coger otro trozo de pan para mojarlo en las albóndigas. Luego decide que no, que en realidad sí que está bien contenerse un poquito.
- ¿Un problema? Pues sí, claro, ¿a quién se lo voy a contar? ¿Al frutero?
- Vale, pues eso es lo que tienes que hacer. Y yo también. Que tengamos una relación de confianza, de intimidad.

Vicente se rasca la cabeza.
- ¿Viene el niño a comer?
- Desde luego, hijo mío, no se puede hablar contigo de nada, ¿eh? - Rosa se levanta de la mesa, apaga el fuego y saca los platos del aparador para servir las albóndigas. Él coge los cubiertos, los platos y los vasos y los lleva al cuarto de estar.

Almuerzan escuchando la voz del noticiario. Mientras mira a Rosa, Vicente piensa que se ha perdido algo, porque cualquiera diría que se está enfurruñada. Ella también come pan, aunque lo corta en pedacitos muy, muy pequeños, como si no quisiera que su estómago lo viera. La mira debatirse con cada bocado, alternar la carne con la ensalada, rebañar un poquito menos de salsa del que le gustaría, y siente una repentina ternura. Agarra un pedazo grande de pan, lo empapa en salsa y se lo acerca a Rosa.
- Ay, ¿qué haces? Quita, que eso es mucho.
- Venga, boba, abre... di "aaahhh", que viene el avión...

Rosa abre la boca para protestar y Vicente aprovecha para meterle el trozo de pan. Después le pasa un dedo por la barbilla para quitarle la salsa que se le ha quedado en la comisura. Terminan de comer en silencio, pero Rosa tiene un amago de sonrisa privada, como cuando la travesura de un niño te hace gracia pero no quieres que se entere para que no la repita.

Por la tarde no tiene muy claro por qué lo hace, pero cuando baja al estanco a por tabaco y después a la frutería a por unos plátanos que le ha encargado Rosa, Vicente decide que va a comprar también una piruleta roja, de esas en forma de corazón, y con el mismo ánimo valiente que no tiene claro de dónde sale decide llamar a la puerta en vez de abrir con la llave. Cuando aparece Rosa delante con el trapo en la mano, los rizos pegados a la nuca por el sudor y cara de "pero se puede saber quién es a esta hora", extiende la mano con la piruleta como un colegial pelota.
- ¿Quieres ser mi amiga? - le dice.

Y cuando ella coge la piruleta con una mano mientras le sacude suavemente con el trapo, y suelta un "pero qué tonto estás", y después se da la vuelta riéndose otra vez medio en silencio, Vicente piensa que vaya chorradas que escriben las revistas, y que no tiene muy claro si ha pillado bien lo de la amistad, pero que se podría pasar el resto de su vida sonsacándole a Rosa sonrisas secretas, y que a lo mejor con eso ya les basta a los dos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La marisma me dejó...


Acabo de recibir un correo de Omar Janaan, un dibujante malagueño con muy poco interés por vender sus viñetas. Desde el cariño lo digo. Porque ya hace varios meses que le escribí mostrándole mi entusiasmo imperecedero por una de sus láminas y pidiéndole que me la vendiera y enviara, por ese orden, y hasta hoy nada. La lámina en sí representaba (creo que ya os lo conté) un muro detrás de un montón de personas grises y tristes, abrumadas por la vida cotidiana. Subido al muro había un chico muy sonriente que observaba un sol brillante al otro lado. Me gustó un montón. Sentí que, en este momento concreto de mi vida, yo soy ese chico: escalando los muros de forma literal y buscando el sol que brilla.

El caso es que esta semana la he convertido oficialmente en mi semana de balneario mental. Lo que quiere decir que priorizaré el descanso, el sueño y el ejercicio suave y placentero. ¡Basta de autoexigencia! ¡Al carajo todo! (Todo esto dicho con tono de "para las manchas, ¡una solución quiero!"). Necesito mucho dormir más. Necesito manejar mi estrés personal, profesional, emocional, familiar, artístico y cutáneo, en lugar de esconderlo bajo capas de energía superpositiva. Sobre todo, necesito dormir más (¿lo he dicho ya?). Llevo meses necesitando dormir.

En el contexto de mi enésimo plan de mejora personal, implementado para reducir el aburrimiento del celibato, he rescatado mi bicicleta de la casa de mi tía: un híbrido campo-ciudad del Decathlón muy cómoda, muy sólida y con guardabarros. "Los guardabarros son muy importantes", me decía J. Ya ves tú; como si viviéramos en Holanda o como si yo tuviera la mínima intención de coger la bici o de hacer algo en cuanto llueve un poco. No way. Pero mi bici es preciosa y le tengo mucho cariño. De hecho, si lo piensas bien, mi bici fue el paso uno en ser la Marina que soy. En tercero de carrera iba a vivir con una chica que estudiaba Bellas Artes, tenía una gata, iba a todos lados en bicicleta y era atlética, fuerte y estilosa. Quedamos un día en la plaza de Mariana Pineda y la vi acercarse rauda y veloz con su bicicleta, unas preciosas sandalias camper negras y su tatuaje de un pez en el empeine del pie. Pensé: jo, quiero ser como ella. Con bicis, gatos y tatuajes.

Al año siguiente me compré una bicicleta. La antigua Marina era una niña miedosa y precavida que se pasó semanas estudiando la dirección, inclinación y seguridad de todas las calles de Granada para saber por dónde podía ir en bici a los sitios. La antigua Marina era una absurda. Aun así, me apañé para coger bastante la bicicleta aquel año. De entonces me recuerda Silvia llegando a la danza del vientre, toda mona y hippy, y amarrando la bicicleta en la baranda del Genil.

Desde entonces, la pobre bici es un querer y no poder. Lleva un montón de años siendo usada de higos a higos. Me la llevé a Villa Dramática y la utilicé literalmente una vez. Después la arrumbé en casa de mi tía y hasta ayer. Es que a mí montar en bici, en el fondo, me da miedo. Por mi torpeza. No se me dan bien los deportes en los que hay que manipular objetos. Me da miedo pegármela subiendo un bordillo, o perder el equilibrio, desviarme y estamparme contra un coche.

Pero hoy mi vida ha cambiado. Porque hoy he descubierto que a cinco minutos literales del Zulo Autolimpiable está el entorno natural bicicletísticamente más perfecto que puede existir, a saber:

Las marismas.

Cádiz: no es para agorafóbicos.

Las marismas lo tienen todo. Un silencio tranquilo aliñado con el vientecito de poniente. Planicie absoluta: nada de "a la ida cuesta abajo - qué bien; a la vuelta cuesta arriba - qué mierda", o viceversa. Nonono: uniformidad relajante. Pocos viandantes. Kilómetros y kilómetros de camino que va dando vueltas entre los charquitos de agua salada de manera misteriosa y casi onírica. Empiezas a pedalear y punto; no tienes que pensar ni decidir ni nada. Sigues el caminito como Dorothy la del mago de Oz hasta que sientes que se te han acabado la mitad de las fuerzas; entonces te vuelves. 

La belleza era muy loca incluso para Cádiz. A mis espaldas, los edificios desaliñados de La Isla recortados contra un cielo ardiendo; frente a mí, los turquesas desvaídos y mezclados con violeta de la noche de otoño. En medio, la luna. Y yo, toda pequeña y contenta, pensando en que, como para el hombrecito de la viñeta, la parte linda de la vida está en general mucho más cerca de lo que pensamos. Poco antes de llegar al final, me he sentado en un banco de madera a mirar la luna y comer pastelitos de boniato. Es que me he comprado un libro sobre el boniato (verídico) y estoy probando recetas. Los pastelitos de boniato son como torrijas sin gluten y están exquisitos. He tenido un momento muy zen mirando la luna sobre las marismas. Luego, lo confieso, he sacado el móvil y he mirado el correo.




Mientras pedaleaba he tenido una idea sorprendente incluso para mí misma. Pero no os la puedo contar hasta que vea que es factible. Es una idea sólo parcialmente loca, pero puede ir bien. 

Y bueno, este post es literariamente un desastre. Nada más que ir poniendo frases una detrás de otra; ninguna idea impactante, nada de finales redondos ni de llevar el relato a un punto donde convergieran la bici, la luna, los pastelitos de boniato y un exquisito maromo moreno. Pero bueno: así es la vida. Ir en bicicleta para bajar el colesterol o para que te ruede el coco hacia la inspiración. No hay tanta diferencia.

Buenas noches, ciruelitos. Encontrad el muro que os separa del sol y escaladlo con valentía y con fuerza. Como si fuerais capaces de hacer un montón de dominadas. Como si no hubiera un mañana, ni ahora ni nunca.
God I'm lovin' it. Quiero decir, que estoy aquí sentada con las gafas de sol graduadas puestas, porque no encuentro las de ver y las lentillas se me estaban pegando a la córnea, y llevo un rato leyendo y leyendo posts antiguos, y no sólo posts, también los comentarios, las conversaciones, y simplemente recordando, reviviendo momentos, repasando con los ojos este atípico álbum de recuerdos que es el blog. Anticipando el cansancio de mañana e importándome un carajo. Sintiéndome otra vez bastante viva. Pensando que, joder, sí que he llegado lejos. Que da igual, exactamente igual, que no escriba una novela jamás, aunque la voy a escribir y no por nada, sino porque quiero. Pero que da igual porque ya he llegado muy, muy lejos; porque estoy motherfucking orgullosa de todas estas palabras, que son mías, de todo el esfuerzo y el amor y la entrega que he puesto en ellas. De mis lectores nuevos y mis lectores de lustros. Estoy muy orgullosa y contenta hoy, de verdad. Es algo grande (no es "En busca del tiempo perdido", lo reconozco, pero no está mal). Echaba de menos esta sensación. En serio: I'm lovin' it.

Y ya sí, me voy a dormir, que si no a ver mañana quién es la guapa que sube en modo avión las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones.

PD: La escritura ciclotímica mola excesivamente.

Otra cosa

Otra cosa que he hecho para desbloquearme ha sido republicar unos cuantos cientos de entradas antiguas de las que se habían quedado en modo borrador. Lo digo para los nostálgicos. Aún quedan algunas sin publicar, me temo. Todo se andará.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Seguir

A no ser que quieras suicidarte, la única opción que te deja la vida es seguir. El otro día estuve a punto de comprarme un libro (cuyo nombre, por cierto, no recuerdo) sólo porque la primera frase me pareció buenísima. Algo así como: "Es muy simple el trabajo del corazón. Late un día detrás de otro hasta que, al final, se para". En eso se resume todo: tenemos que seguir y seguir hasta que al final nos paremos.

Escribiendo, digo yo, es más o menos lo mismo. Seguir es la única opción que nos queda. He llevado a cabo algunos actos de desbloqueo importante este fin de semana. He comido helado de chocolate con cookies, mandando al carajo el Whole30 en un muy honroso día 19. Lo he hecho no porque me haya superado la tentación, sino en un deliberado acto a favor de no volverme loca pensando que vivía una vida muy triste y sin dulzura. Definitivamente: lo estricto no va conmigo.

También he intentado escalar el Mosaico dos veces. Me encantan esas vías: Mosaico y su hermanita, No es broma, que ya encadené el año pasado con sangre, sudor y lágrimas. Inciso para decir que últimamente, cuando escribo sobre escalada, me imagino al señor Rorschach saltándose los párrafos sin pudor. El Mosaico es una vía de lo que se denomina continuidad, es decir:  aguantar el tiempo máximo subiendo antes de que tus antebrazos se congestionen tanto que no puedas sostener el agarre. Los antebrazos se "petan" porque la hinchazón no deja que la sangre retorne bien, o algo parecido, y lo cierto es que al final se te caen las manos de la pared como si las tuvieras tontas. Son vías que te colocan al límite de tus fuerzas, te obligan a respirar hondo, a ser valiente, a arriesgar y a gruñir, te hacen sentirte mortalmente viva y vibrante mientras tu compañero de cordada está abajo gritándote "venga, tía, venga, que tú puedes". Después he pasado ochenta y cinco kilómetros descojonándome casi sin parar en el coche con mis amigos. La vida, algunos sábados por la tarde-noche, puede ser maravillosa.

Hoy he comido en un tailandés tallarines con cacahuetes y escrito dos mails largos e importantes. He meditado los primeros veintitrés minutos que recuerdo en los últimos ocho meses. He traído la bicicleta de casa de mi tía y acabo de volver de dar un paseo corto por el carril bici de San Fernando. Mientras rodaba me he acordado de Anxo y de sus metáforas al inconsciente: montar en bicicleta, además de ser divertido, relajante, cardioprotector y mil historias, le dice a tu cerebro que te sigues moviendo. Me han venido a la mente todos los recuerdos relacionados con bicicletas que tengo. Cuando cogí una bici con J. después de un montón de años porque él me dijo: Marina, las bicicletas son la felicidad. Cómo iba él delante, ágil y espabilado, subiendo los bordillos con un elegante salto, y yo detrás, temblorosa y perdiendo el equilibrio, parándome frente a las aceras para superar los desniveles con paso torpe. Cuando me lleve la bicicleta a Granada y me iba a casa de MQEN y mi amigo A., el que no me habla, a ver películas en su salón grande y oscuro, y volvía a través de las calles heladas un martes o un miércoles cualquiera a medianoche sintiéndome tan total y absolutamente libre que tenía ganas de cantar.

Es curioso, porque el último recuerdo que ha llegado a mi mente es en realidad el primero en orden cronológico. Es mi familia saliendo en bicicleta de paseo los domingos, durante una breve época que seguramente marcó nuestro apogeo como núcleo socioafectivo. Nos levantábamos, desayunábamos y salíamos hacia desde nuestra casa en el Palo hasta el Club Mediterráneo, en el otro extremo de Málaga. Quedábamos con otras familias amigas de camino e íbamos todos en línea como una comitiva feliz y bucólica de peli americana. La bici de mi padre era negra, la de mi madre rosa, la de mi hermano azul y la mía morada. Uno miraba las cuatro bicis con los cuatro colores y tenía la sensación de que todo iba bien, de que las cosas ocupaban su lugar en el universo. Y mientras pedaleaba detrás de la comitiva larguísima de bicis y niños y padres y quizá algún perro, me sentía parte de algo bueno y sano. No sé si aquellas excursiones duraron mucho, porque seguro que perdimos el hábito pronto, pero mientras duraron fueron bonitas.

Seguir es la única respuesta. Me han escrito algunos lectores en estos días dándome consejos, apoyo e ideas. Nombres de páginas webs con listas de temas (¡gracias, Silvia!), recomendaciones acerca de cambiar las rutinas (¡gracias, Pilar!), sabias palabras con experiencia y ya algo de oficio en esto del escribir (¡gracias, Enzo!). Pero al final es lo que nos queda: seguir, seguir adelante, seguir rodando, escribir más, escribir mejor, empezar antes, no llegar tan cansada, meter de una puta vez la moleskine* en el bolso, rebuscar ideas, pensar más alto, soñar más fuerte y seguir, seguir, seguir. No hay otra respuesta. No hay otro refugio.

Así que aquí estoy. Por si alguien se lo había temido: no voy a dejar el blog, NUNCA voy a dejar el blog. Si lo dejo algún día será más bien algo orgánico, algo como que los post se irán espaciando y quizá me haya quedado embarazada de mi novio californiano alto, escalador, meditador y de ojos verdes llamado Adam (o Alan), y sencillamente el blog deje de respirar. Pero no voy a dejarlo voluntariamente porque no es su naturaleza y, sobre todo, porque no puedo.

Resumiendo: que por aquí habrá Marina durante mucho más tiempo. Como si alguien se hubiera creído lo contrario.

Os quiero. Que tengáis un muy feliz lunes.

*Lo siento, Míchel.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Seca

Me estoy quedando seca, de verdad. Llevo media hora aquí sentada y así me siento: seca. No sé qué me pasa ni qué necesito para seguir adelante. Literariamente hablando, quiero decir; el resto de la vida me va razonablemente bien.

Agradecería propuestas, desafíos, ideas, explicaciones... cualquier cosa que me sirva para moverme un poco.

Entretanto, me voy a dar un descanso y a no escribir aquí hasta que sienta verdaderas ganas. No creo que eso me deje sin escribir para siempre (de hecho, cuando me propongo no escribir suelo morirme de ganas e inspiración al minuto siguiente, así que seguramente postee antes de lo previsto). En fin.

Hasta pronto ;)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Lo que realmente quiero hacer hoy

Podría decir que quiero escribir sobre las sonrisas. En serio, es cursi a morir, pero últimamente exploto el poder de mi sonrisa como si fuera un arma de destrucción masiva. Siempre me han dicho que la tengo bonita, y es lo mínimo después de la pasta que se gastaron mis padres en ortodoncia. El caso es que sonrío con absoluto candor y entusiasmo a compañeros, pacientes, dependientes: a todo el mundo. Y oye, funciona. La gente también te sonríe, a veces con una cualidad desconcertada, rollo "qué coño le pasa a esta con la alegría matutina".

Podría decir que con la escritura últimamente me pasa como con el amor: como si hubiera un manantial de verdad y belleza en algún lugar y yo no tuviera permitido el acceso. La sensación más recurrente en estos días es el cansancio. Estar demasiado cansada cuando me pongo a escribir como para sacar algo decente.

Podría hablaros de Anxo y de su terapia compasiva y juguetona, y de cómo me está enseñando que la única salida frente a nuestras obvias limitaciones como psicólogos es, textualmente, dejarnos los huevos. De que a veces, igual que en Sodoma y Gomorra, con un sólo hombre justo o un sólo terapeuta compasivo se puede salvar toda una residencia.

Pero en realidad lo que quiero ahora mismo, ahora, ya, es tumbarme en la cama, ponerme una peli de risa y dormirme prontito, porque mañana tengo que madrugar y no quiero que me falten las fuerzas.

martes, 18 de septiembre de 2012

Reflexiones poco coherentes sobre currar en un hospital, volumen 1

Es curioso, pero la enfermedad mental me genera mucha más compasión que la física. Es ir por el hospital viendo a todos esos ancianos pluripatológicos y mi sensación, más que de comprensión y solidaridad por su sufrimiento, es que algo va muy, muy mal. "La esperanza de vida ha aumentado gracias a los avances en medicina", me dice mi madre, orgullosa, y yo pienso que para ser una especie de zombi dolorido que se mantiene vivo a base de insulina, estatinas y antihipertensivos, aliñado con analgésicos que van del gelocatil a la morfina, y regado todo ello con una generosa dosis de omeprazol que evite que se te agujeree el estómago, prefiero morirme.

Hoy estábamos atendiendo a un anciano en la interconsulta. Interconsulta quiere decir que te avisan de otros servicios del hospital porque los pacientes necesitan ayuda psicológica o psiquiátrica. Del rollo de "paciente ingresado durante un año dice estar deprimido" (lógico) o "paciente de 27 años con intervención de quiste medular que ha resultado en paraplejia verbaliza sintomatología ansiosa" (y quién no). El anciano de hoy, más que deprimido, estaba cabreado. "Si es que yo no he bebido nunca alcohol, señorita", decía, "ni fumado tabaco. Yo esperaba poder disfrutar de mi vejez y mi vejez me ha engañado". Luego decía que se le estaba clavando la cuña en la espalda y gritaba algo como "¿usted se cree que se le puede hacer esto a un cristiano?".

Su puntito histriónico lo tenía, el buen señor.

Los martes por la tarde me quedo en la UCI pediátrica, y como ahora paso toda la mañana dando vueltas por el hospital, procuro salir a comer fuera para despejarme. Hoy estaba el día un poco nublado, y como ahora me he vuelto nortéfila, casi agradecía el punto melancólico y el relativo fresquito del mediodía. Camino hacia la orilla de la playa, extiendo el pañuelo con estrellitas que llevaba en el cuello esta mañana y me siento encima con las piernas cruzadas. Me tomo mi cartón de gazpacho del Mercadona y unos pastelitos de bonitato y salmón que cociné ayer en el horno.

Después entro otra vez en el hospital, me pongo la bata, suspiro. Lo de ponerse la bata está lleno como de resignación, y al mismo tiempo te da cierto poder extraño. La bata dentro del hospital te cambia. Los médicos te saludan aunque no te conozcan, la gente te deja sitio en el ascensor, todo el que te ve caminar asume que tienes algo que hacer y que es importante.

Me resulta curioso que, a estas alturas de la vida y después de haber jurado que no quería ser médico, esté trabajando ahora en un hospital. Me siento un poco como jugando a Anatomía de Grey, y tengo que esforzarme por recordar que mi misión en esta vida no es entender cómo se insuliniza a un paciente. Me doy cuenta una vez más de que las cosas que nos interesan a mí y a mis locos compañeros de Salud Mental, en general al resto de la gente le importa un pimiento. A mí me resulta extraño lo de los médicos. ¿Cómo se pueden disociar los síntomas físicos de la vida de la persona? ¿Por qué no les entra curiosidad por saber qué hace que la obesa mórbida no pueda dejar de comer, o que el adolescente se niegue a controlarse la diabetes?

Puede sonar raro, pero me sentía mucho más cómoda en Agudos. Los locos son ciento cincuenta millones de veces más interesantes, sorprendentes, variados y (para mi gusto) dignos de compasión que los enfermos somáticos. Que te cuenten que les duele mucho la planta de los pies porque no les llega el riego sanguíneo no se puede comparar a que te cuenten que, de repente, todos los policías de la comisaría del pueblo se han convertido en zombis. Supongo que sobre gustos no hay nada escrito.

En general, en estos días, al llegar a casa tengo que sacudirme el poso de la enfermedad como si fuera un olor persistente que se te ha quedado pegado. Mirarme los pies y congratularme de que no tengan úlceras, agradecer a mi páncreas su funcionamiento razonablemente eficiente, tocarme la cintura para asegurarme de que no acumulo michelines que me van a llevar a la diabetes. Recordar que nada de lo que haga es un seguro para que la vejez no me traicione y, a la vez, que no debo aplazar las cosas.

Interesante currar en un hospital, cierto. Pero me alegro de que mañana sea miércoles, que son los días de Vejer, de la terapia con Anxo y de esos momentos en los que te das cuenta de que las palabras son tan poderosas como las estatinas, y de que con cuatro paredes, imaginación y un poco de amor por el riesgo y de amor a secas, en una buena consulta de psicologia puede pasar cualquier cosa.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Ola de pena

Esta mañana me he levantado tristona. En plan como se levanta la gente normalmente los lunes. Iba caminando por mi calle en plan me aprietan los vaqueros, estoy más que harta de la paleo dieta estricta, tengo frío pero no voy a subir otra vez a casa por la chaqueta, es súper temprano, me queda un montón indecente de horas antes de volver a mi dulce hogar, es SÚPER TEMPRANO, no quiero ver diabéticos hoy, echo de menos viajar. And so on.

De camino a la parada del autobús, todavía de noche, el primer día de escuela se iba haciendo notar. Paso junto al colegio que hay al lado de mi casa y alguien está abriendo la puerta en la oscuridad. Ni siquiera le veo la cara. Es esa persona de cuya existencia ni te percatas cuando eres pequeño, porque para ti el colegio simplemente está abierto siempre, está ahí. Después, al cruzar la calle, tres niños de unos once o doce años esperan junto a un coche a que el padre baje para llevarlos. Las mochilas parecen enormes, y ellos tienen las caras extrañadas del madrugón. "No he dormido nada esta noche", le escucho decir a uno mientras paso al lado frotándome los brazos.

El primer día de colegio no es malo. Te sorprende el fresquito de la mañana, eso sí, porque tú ya te creías que la temperatura no bajaba del calorazo que te encuentras cuando te levantas tardísimo en Andalucía un día de septiembre. Pero he aquí la cruda realidad: ya refresca, y estas horas también son ahora tus horas. Metías lo básico en la mochila: un cuaderno, la carpeta delgadita con hojas en blanco, el estuche con un surtido de bolis y rotuladores. El primer día de colegio yo todavía pensaba que podía ser, por una vez en la vida, organizada, ordenada y eficiente, así que lo apuntaba todo con mucho primor en la primera hoja de mi cuaderno y me proponía llevar siempre ordenada mi carpeta clasificadora. Después el caos se iba apoderando de mí y terminaba con todo mezclado y doblando los bordes de los libros que había olvidado forrar.

La verdad, desde que trabajo vivo desorientada. Antes estaba muy claro: vacaciones era igual a verano, estudiar era igual a todo lo que no era verano. Podía situarme bien en el calendario. Ahora septiembre me cuesta: buen tiempo y trabajar, ¿de qué me suena esto? ¿no lo he hecho ya en junio y en julio? ¿dónde estoy? Ya empieza a sonar la navidad como referencia temporal, y a mí se me pone la carne de gallina. Me he apuntado a un curso de Vipassana para esa fecha, pero aún no sé si tendré plaza.

Hoy ha sido como un primer día de colegio para mí. En el sentido de que ha sido el típico día en que te das cuenta de que, por muchas novedades que aparezcan, por contenta que te sientas en general, algunas cosas siguen, y siguen, y no se paran, y los días al fin y al cabo no son más que una sucesión de pequeñas tareas que tú te esfuerzas por terminar a tiempo. Extraño la libertad. Iba caminando por la calle y me he cruzado con un chico que se parecía a Jorge, mi anfitrión de Jaca, y he recordado la sensación cuando llegué al pueblo y le encontré con sus amigos jugando al ultimate frisbee. El estado mental de sorpresa y alegría que me acompañó durante todo el proyecto, y que te puede convertir en una verdadera yonki de viajar, de moverse, de no tener una lista que tachar al final del día.

Hago una pausa para intercambiar unos cuantos whassap con Joaco, que me agradece las fotos de la manifestación que he colgado en Facebook. Me pregunta por mis obesos y los llama "fartones" (porque se fartan). Oh, echo de menos a ese chico, las cosas como son, y mira que le conocí poco. Pero echo de menos justo eso: la sensación de ir conociéndole, su acento asturiano, su energía desmesurada.

Vuelvo a mis escritos y pienso en qué me falta ahora, y en realidad, hoy lo iba pensando, el mayor problema que tengo de un tiempo a esta parte es que me siento creativamente seca. Muy, muy seca. Es decir, que vengo aquí, me exprimo el cerebro y algo sale, porque tengo práctica, pero me falta un impulso, un proyecto, algo más profundo e intenso que estos posts. Y no sé de dónde sacarlo porque no tengo tiempo ni espacio mental; y también porque ya lo escribí hace bastante tiempo: para escribir con intensidad parece que necesito al amor o al desamor, y ahora mismo no tengo ninguna de las dos cosas.

En fin. No os dejéis engañar por este post: la ola de pena de otoño nos alcanza a todos y es difícil quedarse impertérrito cuando te cubre la cabeza con su melancólica espuma de anochecer temprano. Habrá proyectos. Habrá alegría. Y vive dios que habrá amor y/o desamor, porque mi corazón entusiasta no va a dejar que sea de otra manera.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Analizando profundamente Los Puentes de Madison: yo estoy mal

Nota previa: para entender este post tienes que haber visto Los Puentes de Madison. Si no la has visto y, aun así, quieres seguir leyendo, aviso: SPOILERS.

Esta mañana, después del desayuno, he estado releyendo Los Puentes de Madison County. Sí: existe un libro además de la peli y sí: me lo he leído. Sé que eso eleva mis niveles de cursilismo a tres mil, pero no me importa. Lo releía porque hace poco comentaba con alguien el fragmento en el que Robert le dice a Francesca: "estás guapísima como para que los hombres salgan corriendo, gritando por la desesperación de no poseerte”. La imagen me hace mucha gracia: un montón de hombres ahí corriendo como chalados con las manos en la cabeza, gritando a todo volumen: "¡¡Francescaaaa!!". Eso es un piropo y lo demás tonterías.

(Y sí, me sé trozos de memoria. Dios.)

Yo con Los Puentes de Madison (la peli y, por extensión, la historia en sí) (en adelante LPM) tengo varios problemas. El primero es que, como dice mi madre, Clint Eastwood sale incapaz. Meryl la Magnífica está preciosa, con su belleza espiritual y austera, con esos ojos que te hacen pensar: no sólo soy guapa y famosa, sino que además tengo una rica vida interior y un sentido del humor muy agudo. [Por cierto: ¿qué pasa con Meryl Streep? ¿Alguna vez habéis conocido a alguien a quien no le guste? ¡Nos gusta a todos! Muy probablemente es uno de los pocos puntos unánimes de la humanidad.]

En cambio Clint... uf, Clint está mayor. Esas arrugas. Esas greñas. ¿En serio alguien puede enamorarse perdidamente del Clint madisonero? Yo qué sé.

Sí, sí, pero mi pelo brilla.


Además, LPM es una peli cuyo final hace que arañes con las uñas el asiento del sofá. En plan: Francesca, por el amor de Dios, ¿eres boba? Bájate AHORA del coche y súbete AHORA con Clint y sus greñas y pírate por ahí a vivir la vida. Tu familia sobrevivirá. ¿Por qué quieres ir de salvadora de la Humanidad? Sobrevivirán y tendrán sus propias familias taradas, y a tu marido abandonado irán a verle las vecinas con tarta de manzana y probablemente se lo rifen las viudas jóvenes o las solteronas del pueblo. Y entretanto tú andarás por ahí teniendo sexo increíble con Clint, viendo mundo y sintiendo en tus carnes el amor verdadero.

Fuera de coña. Hoy, leyendo el libro así a trozos (las partes bonitas e intensas), me he fijado en otro párrafo de esos que todos deberíamos anotar por si alguna vez se lo podemos decir a alguien para que moje las bragas conquistar su corazón. A saber:

Finalmente se abrazaron durante largo tiempo. Y él le susurró: 
—Sólo tengo una cosa que decir, una sola; nunca volveré a decírsela a nadie, y te pido que la recuerdes: en un universo de ambigüedades, esta certeza viene una sola vez, y nunca más, no importa cuántas vidas le toque a uno vivir.

Ahí lo llevas, Francesca.

En ese sentido, yo soy completamente Roberesca. Él había visto más mundo y sabía positivamente lo difícil que es encontrar a alguien especial y además darse cuenta, y que ese alguien se diera cuenta también. Estaba dispuesto a liarse la manta a la cabeza porque era consciente de que si uno ve un billete de quinientos euros en la calle, no puede dejarlo ahí pensando que seguro que hay otro un poco más adelante.

"Yo apostaría fuerte", le decía el otro día a un amigo hablando del mismo tema. Y mira que me gustan mi independencia y mis cosas, mi Cádiz, la vida que me he construido con bastante esfuerzo y, aun así, si yo tuviera esa certeza de una vez en la vida y encima tuviera la suerte de ser correspondida, me pararía al borde del camino, dejaría mis bártulos y le diría a mi Francesco: aquí estás y aquí estoy yo. Me quedo contigo.

Cuando volví de Gijón con Alejandro, uno de mis viajeros de coche compartido, se me ocurrió preguntarle cuál era la lección más importante que había aprendido en la vida. A mi favor diré que había dormido una hora, llevábamos ocho viajando y me patinaban un poco las neuronas. Le dije que si me contaba su lección más importante, la que transmitiría a sus hijos en su lecho de muerte, yo le contaría la mía. Pensó un rato y me dijo su lección: "sigue adelante en la inercia libre de miedo". Me explicó que para él la inercia funciona en las cosas bellas: amar, trabajar, ser generoso, construir, viajar. Uno empieza y la propia fuerza de esos actos los va retroalimentando. Y que si uno funciona sin miedo en esa hermosa inercia, puede ser feliz.

Yo le dije que mi lección más importante es que en esta vida casi todo va sobre la gente. Que los problemas que me cuentan en consulta, la mayoría de las veces lo que tienen detrás del todo es a las demás personas y nuestras relaciones con ellas. Y que esas personas son lo único que no puede sustituirse, ni manejarse, ni crearse de la nada: lo único independiente de nuestros deseos y proyectos, lo único tan verdadero como nosotros mismos. Hay mucha gente y mucha gente linda, pero al mismo tiempo todos son insustituibles. Y si, por ejemplo, mi amigo A. el que no me habla insiste en no hablarme, dará igual la de gente con la que me encariñe en mi vida o los SSHP que pueda emprender alrededor del mundo: no habrá nunca jamás nadie como él.

Así que yo me iría con Robert, Francesca; qué quieres que te diga. Yo apostaría fuerte. Es una pena que todo el capital amoroso que estoy dispuesta a invertir se quede muerto de risa en mi corazoncito, porque de verdad que es mucho. Soy como el chino que, al parecer, quiso comprar hace poco un parque de bomberos en Cádiz porque habían puesto como protesta unos carteles en los que se leía "en venta". El chino creía de verdad que podía comprar el parque porque tenía dinero suficiente para ello, pero resulta que no le dejaban. Vale, reconozco que es una comparación un poco traída por los pelos, pero no doy para más.

Y con esto y un bizcocho snack paleo libre de aditivos y gluten, me despido y os deseo un feliz lunes, mucha energía y el suficiente valor como para apostar bien alto si alguna vez os llega una buena mano.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Couchsurfing para principiantes

Ayer vine de Cádiz en coche con Matej, mi huésped esloveno. Qué encanto de chaval, de verdad. Qué dulzura la suya y vaya cabecita privilegiada para su corta edad. Hicimos el viaje a noventa por hora para ahorrar gasolina, charlando en inglés sobre la vida, el trabajo y la inmortalidad del cangrejo. Después le dejé a un par de calles de distancia de su hostal, haciéndole jurar que me llamaría si necesitaba algo. Creo que el pobre estaba un poco sobrepasado con mi amabilidad postviajera.

Hoy voy a romper una lanza a favor del couchsurfing. Que sepáis que no es sólo una página o una forma de viajar barato: es un movimiento. Tiene muchísimas cosas buenas. Te pone en un estado de generosidad cuando acoges y de aceptación cuando viajas, y los dos estados son, creo yo, sanos para la mente. El agradecimiento couchsurfero es de una clase especial: la que te surge cuando estás solo en una ciudad desconocida y sabes que podrás llegar a una casa con una ducha calentita, comida decente y alguien amable con quien charlar.

Couchsurfing nace de la confianza y también de la libertad. Una de las cosas buenas que tiene es que no estás obligado a nada; puedes dar hasta donde se te antoje. Si no os sentís cómodos metiendo a extraños en casa, podéis probar a ofreceros para tomar café o enseñar la ciudad. Son también bonitas maneras de compartir algo sin sentirse demasiado expuesto. La página también dispone de un sistema de verificación de identidad y de localización, de forma que si realmente-realmente te da miedo lo que los guiris puedan hacer en tu piso, puedes optar por alojar o buscar alojamiento sólo con personas cuya identidad esté verificada.

De todas formas, yo opino que en la vida en general uno puede pecar de desconfiado o de confiado. Si pecas de confiado, tendrás mil experiencias buenas por cada una mala y, sobre todo, tu corazón estará más tranquilo. Couchsurfing también tiene un sistema de valoraciones similar al de Ebay que motiva bastante a ser un buen huésped y/o anfitrión y sirvecomo sistema detector de psicópatas.

La experiencia couchsurfera, tanto alojando como buscando alojamiento, ha sido muy reveladora para mí. Como dice Matej: life-changing. Te hace confiar otra vez en la bondad de la gente y en su voluntad de ayudar a otros. Te vuelves humilde, adaptable y fluido cuando viajas; y también generoso, ingenioso y amable cuando recibes. Saca lo mejor de ti. Cuando viajas es genial, pero también lo es cuando puedes acoger a quien está viajando y compartir su alegría y su sorpresa. Me ha encantado explicarle a Matej hasta dónde llega Cádiz-Cádiz, por qué a los de San Fernando se les llama cañaíllas o de dónde proviene la mafiosa influencia que mi gruísta de confianza ejerce en la Isla (ya os contaré más sobre esto último en próximos posts).

Además, como os decía, creo que couchsurfing es un todo un movimiento, y que está formado por gente que se sale de la norma. Porque la norma hoy es el individualismo, el miedo y el reservar semanas de hotel a pensión completa por módico precio. Salirse de las reglas, ofrecer a cambio de nada, no consumir ni producir y, aun así, pasarlo bien y enriquecerse, es casi subversivo. Además, es fácil olvidar la de posibilidades que tiene la vida cuando te pasas las mañanas entre cuatro paredes rodeada de gente que se dedica a planear sus bodas. La gente que conoces de couchsurfeo suele ser peculiar, tener proyectos raros, estar un poquito al margen del mundo. Contactar con ellos, que son la sal de la tierra, es sano y necesario si quieres tener un coco mínimamente alternativo, en el buen sentido de la palabra.

¿Consejos para viajeros? Fluye. Acepta. Di que sí. Sonríe mucho. Mejor pasarte de agradecido que de desagradecido. Friega los platos. Cocina algo de tu tierra. Deja algún detalle si te vas. Intégrate. Pregunta. Abre bien los oídos y los ojos. Di otra vez que sí, aunque te parezca una locura. Piensa que te lo mereces. Vincúlate. Aprende cuatro palabras del idioma. Enamórate un poco en cuanto veas una mínima oportunidad.

¿Consejos para anfitriones? Fluye. Ofrece. Sé creativo. Busca ideas. Siéntete orgulloso. Redescubre tu ciudad y tu vida. Involucra. Incluye. Cocina algo de tu tierra. Canta algo típico. Enseña palabras. Mejor pasarte de generoso que de agarrado. Ten sábanas limpias. Cuida. Encaríñate. Llámale "home" a tu casa. Comparte. Enamórate también, aunque sea con calma.

Y sin más, me despido. Si pasáis por San Fernando y me mandáis una buena solicitud couchsurfera, tenéis un sofá asegurado en el zulo más autolimpiable de la Isla.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Fruta y jabones

Llevo un rato tratando de escribir, para variar, y calculando inquieta el reloj en la esquina del portátil las horas que me quedan de sueño. Todavía no me habitúo a levantarme temprano para llegar a las ocho y media a Cádiz, y voy a arrastrando el sueño atrasado desde el lunes. Así que debería ponerme las pilas. ¿De qué quieres hablar hoy realmente, Marina?

Quiero hablar de que llevo todo el día con una frase de Paulo Coelho en la cabeza. Paulo Coelho. Te cagas. Y que la frase es, ni más ni menos: "Realmente la vida es generosa con quien vive su leyenda personal". A mí Coelho me parece un cursi y un sincretista espiritual, pero esa frase me está resonando últimamente. Si tuviera que destacar una palabra para describir mis últimas semanas sería esa: generosidad. La que he recibido y la que intento manifestar.

Hoy he estado en Vejer pasando consulta con Anxo. Él también me habló de generosidad hace tiempo. Ser generoso en el esfuerzo y compensar lo que nos falta como técnicos con lo que tenemos como humanos. Sí que somos generosos allí, porque siempre que voy salimos a las tantas. Pero no me importa: me gusta pasar consulta despacio y recrearme en los momentos, observar las caras de los pacientes como quien mira retratos, ver cómo la luz se les refleja en las lágrimas o en el brillo de la piel.

De camino a casa, me llega al móvil un mensaje de Matej. Matej es un chico esloveno de veinte años que se está quedando en mi casa vía couchsurfing. Es un chaval muy lindo y muy sensato que me está regalando de nuevo la alegría del viajero. Después del SSHP he quedado tan agradecida al universo que tenía muchas ganas de alojar a gente para devolver buen karma, así que intento cuidar a Matej todo lo que puedo: le cocino gazpacho y gambones a la plancha, le hablo entusiasmada de la luz de Cádiz y le pongo a Camarón para que lo escuche y se integre en la vidilla isleña. En el mensaje me dice que quiere prepararme una macedonia, que si hay alguna fruta que no me guste. Qué va, contesto, me gustan todas las frutas.

Cuando llego a casa me lo encuentro sentado en el sofá, leyendo El en corazón del sueño, un libro juvenil muy bonito sobre sueños lúcidos. Nos contamos qué tal nos ha ido el día y después me pregunta dónde está la frutería más próxima. Le oigo marcharse escaleras abajo mientras me tumbo en el sofá a descansar un rato. Pienso que no me dormiré, y entonces me despierta el ruido de la puerta: Matej cargado de fruta fresca, que se desliza silencioso hasta la encimera y empieza a cortar y pelar como si no hubiera un mañana. Yo remoloneo en el sofá y finalmente me levanto para hacerle compañía. La macedonia me sabe a gloria, y más todavía porque venía en el coche pensando cuánto me apetecía comer fruta. Terminamos y salimos de la casa en dirección a Cádiz, que he quedado con la roquipandi para tomar algo.

Mientras bajamos las escaleras, se abre la puerta de la oficina de abajo y es la chica de recepción para entregarme un paquete. Enseguida sé lo que es: unos jabones naturales que me ha mandado Pilar, una lectora encantadora de Madrid. Los hace ella para pieles con acné y van estupendos. Lo que más me gusta no son los jabones, que ya esperaba; me gusta que en el paquete ha dibujado una luna, unas estrellas y un par de corazones. Me encanta todo el cariño contenido en esos trazos a boli. 

Hace unas semanas vi en consulta, también con Anxo, a un señor con problemas de piel. Estuve recordando cuando leí Skin deep, un libro sobre psicosomática de la piel y los mensajes que transmite. Había varios mensajes con los que podías identificarte según tu problema, y el que más me resonó a mí fue "mostrar a los demás que sufres". De acuerdo con eso, mi acné muestra que sufro, que necesito ayuda y que a mí también me duele. En su momento le encontré sentido y me pareció puteante. Pensé que debía empezar a mostrarme vulnerable y a pedir ayuda, a ver si así se me quitaba el maldito acné. Pero últimamente estoy hasta encariñándome con los brotes que me quedan. Ciertamente es una función digna. Me muestra muy humana. Y fíjate que ha servido para que Pilar me enviara la ayuda que piensa que necesito; eso es bonito.

Después quedo con la roquipandi y me alegro mucho de verles a todos. Hasta saco una foto churretosa con el móvil, simplemente porque me encanta ese momento: mis amigos morenos y felices tomando cervezas frente al mar y planeando el club de montaña que vamos a formar y el sitio donde iremos a trepar este fin de semana. A la vuelta compro tomates de Conil en la tiendecita que hay frente a la piscina, y mientras camino hacia el coche me vuelve la frasecita a la cabeza: realmente la vida es generosa con quien vive su leyenda personal.

Yo no sé si vivo mi leyenda personal o qué. Tampoco entiendo mucho el concepto. Yo vivo mi vida como es, y ya es bastante. Pero realmente la vida es generosa conmigo, y yo intento serlo con ella. No sé si me lo merezco más o menos que otros. Sé que estoy encantada con mis pacientes, mis macedonias y los corazones pintados sobre el papel marrón de los paquetes de correos. A veces, de hecho, esta burbujita de alegría en la que llevo habitando un tiempo me da hasta miedo. Luego recuerdo el dolor que hay todavía en mi realidad, los pies diabéticos, los niñitos que se mueren en la UCI neonatal, la soledad que a veces me atraviesa el cráneo, y pienso que vale, que por ahí a lo mejor me libro de enfadar a Dios con mi felicidad.

Y sin más lo dejo aquí, sin corregir nada porque tengo sueño y recomendando la generosidad a todos los niveles; no como rasgo o modo de vida, sino como activismo, como rebeldía y como puerta abierta a todo tipo de esperanzas tontas.

lunes, 10 de septiembre de 2012

La última hora

Esta mañana me levanto otra vez en modo shiny happy people. Suena la alarma a las seis y media y ahí estoy yo: extremadamente avionil, fresca como una lechuga y cantando las maravillas de la alimentación paleo. Pongo la cafetera, bebo agua fría, me masajeo la cara con las manos como leí en alguna revista que hay que hacer para que se te quite la hinchazón matutina. Tap, tap, tap, hacen las puntas de mis dedos por debajo de mis ojos.

Me doy una ducha rápida, me visto con vaqueros y camiseta, miro mi culo en vaqueros desde unos cuantos ángulos y salgo a la calle. Me encantan estos momentos matutinos de limpieza y silencio, y el color azulón del cielo detrás de las paredes de las casas. Saludo al barrendero junto a mi portal y chancleteo con gracia hasta el autobús, que espera con paciencia de animal dormido a que den las ocho menos veinte.

Me siento junto al fluorescente que más alumbra y saco el libro que estoy leyendo: "La última hora", de David Benioff. Normalmente intento aprovechar el autobús para estudiar un poco, pero hoy es lunes y me merezco ficción. Empiezo a leer deprisa, absorta en la historia. De Benioff me entusiasmó "Ciudad de ladrones" y también "Descalza sobre el trébol", una recopilación de cuentos que compré hace poco. "La última hora" tarda en arrancar, pero cuando te quieres dar cuenta te ha envuelto en un ritmo trepidante y en una compasión exquisita hacia sus personajes. El autobús avanza por San Fernando, cruza la bahía en dirección a Cádiz y yo no hago más que calibrar mentalmente la relación tiempo-páginas que me quedan antes de llegar al hospital.

Al final no tengo más remedio que bajarme y todavía no he terminado el libro. Miro la hora y descubro que todavía son las ocho y diez. Normalmente llego a esta hora, subo andando las nueve plantas hasta endocrino para entrenar pulmones, me pongo la bata y zascandileo un poco antes de entrar en la sesión clínica. Pero hoy estoy sumamente preocupada por la suerte del protagonista, así que decido acercarme al paseo y terminar el libro.

Hay momentos en la vida que deben ser honrados, y sin duda terminar un buen libro es uno de ellos. Uno debe atacar el final con avidez, determinación y cierta reverencia. En las últimas páginas un autor puede cubrirse de gloria en el buen y en el mal sentido. El sello de esa novela en tu corazón y la impronta que deje no podrá apartarse de la suerte final de sus personajes.

Cruzo la avenida por el semáforo y camino deprisa los cincuenta metros que me separan del paseo. Ya casi ha amanecido del todo esta luz loca e intensa de Cádiz, y la acera está salpicada de corredores voluntariosos y paseantes resignados. Desde que trabajo, siempre pienso que los que pasean por el paseo marítimo son deprimidos que practican la activación conductual. Eso es deformación profesional y lo demás tonterías. Pasa un carrito de limpieza despidiendo chorros de agua a ambos lados, y cuando llega a donde yo estoy, el empleado baja educadamente los aspersores para no mojarme. Agradezco con un gesto de la mano su amabilidad y me siento en un banco frente al enorme y hermoso Atlántico.

Y allí, a las ocho y cuarto de la mañana, sin prisa pero sin pausa, termino el libro. He de decir que Benioff lo cierra muy bien. Lo cierra muy, muy brillantemente, y yo respiro tranquila, porque el recuerdo de "La última hora" será ya siempre redondo y bonito en mi cerebro. Me quedo un momento suspendida en este instante: la quietud de la playa y también la quietud momentánea de la mente cuando acabas de terminar un libro. Ese salto sobre el vacío entre la ficción y tu realidad. Recuerdo que hace un año y pico, cuando trabajaba en el equipo y estaba un poco depre, mirar la playa por la mañana me ponía triste. Era como un mundo de libertad y belleza al que no tenía acceso porque me obligaban a encerrarme en un despacho. Hoy, sin embargo, he tenido este momento de libertad y belleza y he honrado el final de las palabras de Benioff, y eso me alegra.

Hace un par de días pensaba en la buena fama que tienen los libros y en si será merecida. En que, a lo mejor, leer un libro no es ni más ni menos intelectual o kármicamente beneficioso que ver una peli o jugar al ajedrez. Ahora me digo que los buenos libros tienen esta cualidad mágica: crear momentos entre tus momentos, como cuando en matemáticas nos enseñaban que entre un par de números cualquiera cabe el infinito. Los libros son tan grandes porque enseñan que la alegría verdadera de la belleza está siempre, literalmente, al alcance de nuestra mano.

Y después de cerrar la novela, me congratulo porque es bonita y porque ya tengo tema para el post de hoy y me dirijo, volando sobre mis alas de avioncito existencial, a empezar un nuevo día en el hospital de Cádiz.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

El lector


El lector nunca se aburre. Acepta, y casi se diría que busca, las colas en los bancos, la espera en el dentista, la impuntualidad de la cita para tomar café o ir al cine. Sabe que es una oportunidad única para sacar el libro que tiene entre manos y atacarlo con la alegre perversidad del que abre la nevera a escondidas y mete el dedo en el pastel de chocolate o en la masa cruda de las croquetas.

El lector sabe encontrar la bondad en los ojos de la gente. Porque, a fuerza de observar vidas ajenas, ha aprendido que todos tenemos nuestras secretas motivaciones y nuestras historias, y que en la buena literatura incluso el personaje más cruel es digno de amor. Un amor que nace de nuestra intención de averiguar más sobre él; que, como decía Kundera, es un preguntar constante. Por eso el lector busca y encuentra la bondad y la belleza: porque sabe que la redención siempre es una posibilidad.

El lector es generoso. Desea que todos compartan con él la alegría y la sabiduría que le dan las páginas escritas. Por eso, la primera solución que piensa para los problemas ajenos siempre es un libro, y los va apuntando en post-it amarillos y en el reverso de los tickets de la compra para repartírselos a amigos y familia. Ellos los cogen con cierta reserva, sin tener la mayoría de las veces la intención de buscar o leer el libro, y no saben que en esas letras garrapateadas deprisa el lector les está entregando su secreto para la felicidad. Porque él cree de verdad que en un buen libro puede estar la diferencia entre saber o no una lección importante, o entre un día estupendo y un día de mierda. Porque ha encontrado en la ficción la comprensión de la realidad más profunda que conoce.

El lector es optimista. Sabe que su afición es barata y que apenas necesita de esfuerzo físico, por lo que estará ahí disponible hasta en los peores momentos. En las gripes, los largos viajes en tren y las dolorosas rupturas sentimentales. Sabe que, incluso cuando todo lo real parezca negro, sus libros, esos animalitos dormidos, seguirán escondiendo bajo las cubiertas una promesa de luz. Sabe que la verdad y la belleza le corresponden como ser humano y que las tiene mucho más cerca que el resto de la gente.

El lector es un cotilla disfrazado, un voyeur con buena fama, un curioso insaciable que sabe que el motor de su existencia no puede ser otro que el mismo que, cada vez que tiene un libro entre las manos, le impulsa a seguir pasando las páginas una tras otra, aunque mañana tenga que currar o le estén esperando para comer. Ama la vida y sus posibilidades y sabe, a veces de manera consciente y a veces inconsciente, que en ella suceden cosas buenas y malas, pero que lo que hace que merezcan la pena no es su dudosa moralidad ni un esperado final feliz, sino la intensidad, a veces dolorosa, que convierte la materia de nuestra existencia en una buena historia.

El lector, sobre todo, lee. ¿Por qué?
Porque le gusta.

Superando positivamente la depresión posvacacional


Estoy en el mostrador de una de las plantas del hospital. No tengo muy claro en cuál, porque llevo todo el día dando vueltas atendiendo interconsultas y ya hace un par de horas que me desorienté. Apoyado en la mesa, mi jefe escribe una historia mientras yo charlo con la MIR de psiquiatría, que curiosamente es de Gijón.

El hospital es como 13 Rue del Percebe, pero en triste. Un montón de habitaciones, un montón de historias y el drama mezclándose con la risa. A mí se me graban en la retina las caras de la gente como fotografías de colores vivos. La chica con sospecha de anorexia que pesa treinta y cuatro kilos, sentada en la cama como los niños cuando los llevan a las operaciones, manoseando distraída un peluche de Hello Kitty. El señor al que tuvieron que quitarle la laringe y que ahora escribe en letras desiguales en un cuadernillo azul como los que tenía yo para el vocabulario de inglés. “Yo tengo mucha paciencia, porque he estado 34 años embarcado”, explica con su bolígrafo. Del estómago le sale un tubo por el que circula un líquido amarillento, y la piel surcada de hematomas se hincha alrededor como un globo de cumpleaños.

Ahora estoy un poco aburrida, pasando el peso de un pie al otro mientras la MIR teclea en su iPhone. Me pregunto qué hora es. Tengo hambre y me toca pasar la tarde aquí. He traído un tupper para poder comer en la calle y no pasar todo el día encerrada.

Entonces giro la cabeza hacia la habitación que tengo justo detrás y veo a una señora mayor de piel muy blanca y a una adolescente alta de piel oscura y largo pelo negro. No sé qué le pasa a la chica, pero a pesar de que está de pie frente al asiento del acompañante y viste ropa de calle, no parece estar bien. Hay algo extraño en sus gestos: cierta lentitud, cierto aplanamiento. Quizá un retraso mental o un trastorno del comportamiento, o quizá yo me estoy apresurando y sobreestimando mi ojo clínico.

El caso es que la mujer mayor está mirando muy fijamente a la chica, sonriendo un poco, y le pasa la mano abierta por delante de la cara. Arriba, y la chica abre los ojos. Abajo, y los cierra despacio. Lo hace varias veces con un murmullo que parece una canción de cuna. En un momento dado, empuja con suavidad la frente de la chica, con un toque apenas perceptible, y ella sonríe y se deja caer en la silla, inclina la cabeza y se duerme. Entonces la señora la besa en la nariz y la frente, y justo en ese momento se vuelve hacia mí y yo retiro la mirada, avergonzada, como si me hubieran pillado espiando.

Me quedo pensando en la vida como códigos secretos, intercambios de ternura o mudas corrientes de hipnosis como las que siempre menciona Anxo. Preguntándome qué se oculta debajo del iceberg de esta pequeña escena. Me llegan la calidez y la ternura, pero no lo entiendo del todo, y recuerdo que en el fondo no sabemos nada de lo que esconde la gente. Cuando logro aprehender algo de ese tesoro escondido, aunque sea un poco, es como meter la mano en un cofre y sacar una brillante moneda de plata. Y una vez más, mientras mi jefe mete la hoja de interconsulta en la historia del paciente, y la MIR cierra la tapa del móvil, y la señora de la habitación entorna la puerta, me asombro de una forma tonta de poder venir aquí todos los días y que me paguen por ello.

domingo, 2 de septiembre de 2012

SSHP 11 y 12: agridulzura, retorno, conclusiones y cierre


WARNING: Post Obscenamente Largo Y Autocompasivo.
(Iba a poner las iniciales, pero me ha dado la risa)

El último día del viaje es raro. Me doy cuenta de que Joaco, sus sándwiches, sus gemelos y sus “calla, ho” han sido una perturbación en la Fuerza. De repente no sé qué hacer ni a dónde ir. Me siento sola y absurda, no sé si llamarle, pienso que debería dedicarme a descansar, o quizá incluso tirar ya hacia Cádiz. Y aunque hace sol y Pablo me ha invitado a ir con ellos a nosequé poza paradisiaca, reservo un hostal en el centro de Gijón y me marcho a la playa hasta que llega la hora de poder entrar en la habitación. Llevo todos estos días acompañada y tranquila, fluyendo con confianza en el viaje en particular y en la vida en general, y ahora es como que todo se me atasca, y me pierdo buscando la playa, me siento sucia y no quiero más que dormir. Voy a un Mercadona y me proveo de crema depilatoria, hidratante y un rímel. Como en un chino y después me dedico a lavarme y a dormir con intensidad en la estupenda habitación del hostal. Cuando abro la puerta y veo la enorme cama pienso que, de hecho, casi que preferiría tirarme a la habitación antes que a Joaco.

Pero no debe de ser verdad, porque cuando me informa de que se va con los colegas a la Fiesta de la Sidra, en Villaviciosa, me apunto sin pensármelo dos veces. No tengo ropa decente ni limpia, pero tiro la casa por la ventana y me compro unos vaqueros en el Stradivarius, como una versión cutre y barata de Pretty Woman. A mi favor diré que, como ya expliqué, llevaba un tiempo buscando vaqueros. Después me pinto los ojos, me unto de crema, me recorto un poco el flequillo con las tijeras de las uñas y suspiro. Me miro al espejo: esto es lo que hay. No hay mucho más. Quiero decir, que sí lo hay, que joder, soy una persona estupenda, pero eso Joaco no lo ha visto o bueno, sí que lo ha visto, pero soy estupenda modo ando contigo por el monte, no modo me encierro contigo en una habitación con una caja de condones y un paquete de muesli.

En la cena me lo paso como los indios. Y eso es lo peor, que me lo estoy pasando como los putos indios, porque los amigos de Joaco son encantadores y están muy borrachos, son muy asturianos y cantan muy alto, me animan a mí para que cante y cuando me quiero dar cuenta estoy improvisando fandangos y todo el bar me da palmas. Eduardo, un chico alto con una cara dulce y familiar, no para de mirarme y sonreír borracho; “tienes una energía muy linda”, me cuenta, “se nota que eres muy sensible”. Explícaselo a tu amigo, me entran ganas de decirle, a tu amigo el moreno de ojos claros con la camiseta celeste, que baila como si el mundo y la pista le pertenecieran, que me trae café a la furgo y me llama “Marinuca”, que sin quererlo vuelve a despertar al león hambriento que llevo en el estómago y después lo deja mordiéndose las garras.

Al final... pues bueno, tampoco quiero entrar en detalles, porque incluso a mí me parece todo demasiado íntimo y humillante, pero aunque puedo comprobar que Joaco, además de todo lo anterior, besa que-te-cagas, la noche la acabo sola y algo bebida, durmiendo en el asiento de la furgo cubierta con el edredón porque no quiero que me haga soplar la policía en la rotonda de Villaviciosa. Es un final bastante triste y sórdido para un viaje precioso, y me paso todo el camino hasta Gijón regañándome. Eres una absurda, Marina, joder, estás chiflada y no eres capaz de interpretar señales ni de asumir cosas, eres un ser impar que no capta las frecuencias que le corresponden y tienes una incapacidad patológica para despertar en los demás el interés y el cariño que tú experimentas con tanta facilidad. Eres absurda, insisto, absurda e impulsiva, y por culpa de ser absurda has pagado una habitación de hostal en la que no vas a dormir, y te vas a presentar media hora tarde y con resaca a recoger al notas del coche compartido, y vas a hacerte un viaje de diez horas en coche habiendo dormido una, en tu coche y borracha, y estás, como diría tu tía Maripaz, gilipollas del cuerpo entero.

Todo esto voy diciéndome por el camino, y para cuando recojo a Alejandro, mi compañero de coche compartido, no puedo parar de pedirle perdón y de contarle mis movidas con la misma verborrea incontenible que tenía Cris el primer día del SSHP, hace ya como un millón de años. Alejandro, que es un jipi nervioso de treintaymuchos con botas de montaña y una larga trenza gris, debe de estar flipando, pero al menos se presta a conducir primero y escucha toda la historia de Joaco con la resignación del que no tiene otro medio de viajar a Cádiz. Poco a poco me tranquilizo, tomamos café, echamos gasolina, me separo con una pena intensa de las montañas verdes y cautivadoras de Asturias y todo se va normalizando. Hablamos durante las diez horas de viaje de amor, música y viajes compartidos. Elaboramos una lista de reglas de las relaciones para La Nueva Marina, a saber:
- La Nueva Marina ya no le entra ni a Dios. El que quiera algo, que me busque, y quizá me pierda algunos besos pero voy a ganar paletadas de dignidad.
- La Nueva Marina no mezcla el alcohol con los hombres.
- La Nueva Marina no lo intenta de nuevo con tíos de su pasado (con matices si se trata de J).
- La Nueva Marina intenta relajarse y confiar en el proceso, aunque no tenga muy claro qué significa eso.

Alejandro añade: "la nueva Marina no es tan dura consigo misma", y a mí me gusta tanto que me alegro y vuelvo a recordar todo lo bonito y la manera en que la Vida, con mayúsculas, me ha cuidado en estos doce días. Tanto, tanto me ha cuidado que hasta en el día en que la lío parda y termino borracha y sola en el asiento de mi furgo me manda a este chico paciente para conducir y charlar conmigo en el camino a casa.

Ahora, mientras escribo esto, me entra una ternura profunda hacia mí misma y bastante agradecimiento. La llegada a Cádiz ha sido traumática. Todo este viento, la desproporcionada luz, de nuevo el calor y yo pensando que no sé, de verdad que no sé, cómo voy a ir mañana a trabajar, cómo voy a reincorporarme a mi vida después de estos doce días. Porque estoy ilusionada con el otoño, como siempre, y tengo proyectos, amigos, mi precioso piso, más ganas de escalar que nunca, pero este viaje ha sido una maravilla, uno de estos paréntesis hermosos y relucientes en Matrix que te hacen recuperar fe perdida, emociones dormidas, confianza en el proceso.

Al final es un poco eso con lo que me quedo. Cuando en el viaje dejé de confiar en el proceso, cuando empecé a forzar y a apretar en el mal sentido, noté cómo la cosa se torcía, cómo me tensaba y estaba a punto de destruir algo bonito. Joaco me ha llamado mientras conducía de vuelta, afortunadamente. Estaba resacoso, contento como siempre y, según sus propias palabras, “extremadamente avionil”. Me alegra comprobar que no me odia ni me ignora. Me duele, de verdad que me duele, ver otra vez que determinadas cosas, determinadas personas que son como países ignotos y bellos, parecen ser para otros, y que desde hace un tiempo esa parte de la vida me la han vetado. Y me jode, no puedo evitarlo, me jode, y lo estoy escribiendo aquí porque creo que merece la pena decirlo sin vergüenza. Es una putada irte de viaje sola a escalar por ahí, dormir en tu furgo, conocer a gente maravillosa de verdad, trepar mucho y bien, ver paisajes hermosos, sentirte viva y valiente y, aun así, tener que afrontar el rechazo y la verdad dolorosa de que no lo puedes controlar todo, y que todo tu amor, tu ilusión y tus ganas de querer y cuidar no sirven para nada antes las uñas crudas de la realidad. 

A lo mejor me estoy poniendo dramática (recordemos que he dormido una hora), pero es así como me siento ahora. Infinitamente agradecida, sin duda, de que todo haya salido bien. Ni un contratiempo, ni un robo, ni una pérdida importante más allá de un pendiente en Jaca y otro en Gijón. Gente generosa, buen tiempo, actividades variadas y una alegría casi constante. Pero también esto. Esta soledad. Esta distancia.

Llego a casa y no me ducho, no deshago el equipaje, no ceno; me siento en la mesa del salón frente al secreter, porque la silla me la he dejado en la furgo, y escribo estas cuatro páginas del tirón. Tengo la esperanza de sentirme mejor al hacerlo, pero ya veis: casi he llegado al final y no me siento mejor. Estoy triste. Me da pena que todo se haya terminado. Los preparativos, los planes, los contactos, los números de móvil apuntados en la agenda con las ciudades detrás (“Jorge Jaca”, “Bea Polientes”, “Joaquín Gijón”), pensar dónde voy a dormir hoy o qué voy a comer, los paisajes, la voz monótona pero tremendamente útil del GPS, la admiración por los paisajes.

Sólo me queda recordar que hoy, mientras conducía de camino a Cádiz y charlaba con Alejandro, me ha entrado un ramalazo extraño de ganas de ver pacientes, y que bueno, la vida sigue, y si soy lista archivaré los ojos de Joaco en el rincón de mi corazón donde guardo los sentimientos inútiles, los arbolitos extraños y torcidos que me crecen en el alma, e intentaré vivir como en este viaje. Intensamente en el presente, escuchando mucho, abriendo mucho los ojos, confiando en que todo va a salir bien. Siendo agradecida por todo lo que se me ha dado y generosa con una vida que es más que generosa conmigo.

Con esto termino la crónica del SSHP, que podemos calificar como un éxito. Si os digo la verdad, nunca pensé que realmente fuera a hacerlo, es decir: me veía viajando, pero no pensaba que fuera a lograr escalar o relacionarme con desconocidos. Este alien chalado y con piercing que ha poseído mi cuerpo se lo monta bastante mejor de lo que yo pensaba. A lo mejor es a ella a quien tengo que darle más las gracias.

SSHP 10: Mr. Brightside, seisbegradista y el maldito karma


El viernes emerjo de la furgo con el estómago hecho una basurilla. Tanto es así que le mando un whassap a Joaco para decirle que paso de manifa, pero él me llama antes de leerlo y da tan por sentado que vamos a ir que al final me animo, me tomo un par de yogures con miel de los Picos de Europa y tiro para allá. En el coche Joaco ha puesto The Killers a todo volumen, “Mr Brighside”, y yo, además de acordarme de cuando la tocaba con J. en el Guitar Hero, pienso que a Joaco esa canción le pega. Porque busca el lado brillante y está lleno de una energía limpia y potente, como los molinos eólicos.

La manifestación es interesante y pacífica. Joaco me ha prestado una camiseta verde a favor de la escuela pública, y cuando sus amigos me preguntan en qué cole trabajé el año pasado tengo que explicar que no, que soy psicóloga, que he venido a escalar, que conozco a Joaco por Internet, etcétera, etcétera, etcétera. Llevo la réflex y camuflo los momentos en que no sé qué hacer sacando fotos a las caras de la gente al sol. Una manifestación es buen momento para robar retratos sin parecer una chiflada.

Después tomamos cañas con los colegas de Joaco Qué gente, los asturianos. En este viaje estoy intentando escuchar más de lo que hablo y practicar las conversaciones tipo tú. No cortar lo que dice el otro con un “pues yo”, sino seguir preguntando, casi como en consulta. Los profesores asturianos andan como todos los jóvenes de España: precarios, interinos, a media jornada, opositando en medio país para intentar optar a alguna plaza. Y como la mayoría de los jóvenes, son lindos, están preparados e implicados en su trabajo. En este viaje me está sorprendiendo la insospechada energía de mi generación; cómo, a pesar de lo mal que están las cosas, sigue existiendo un espíritu animoso, generoso, disfrutón, y se comparte lo que se tiene o se vuelve la cabeza hacia iniciativas nuevas. Me conmueve que Joaco me traiga sandwiches que hace en casa de sus padres o que Pablo y Jenna, que confiesan estar tiesos para pedir algo de cenar, me inviten a la copa de vino porque yo, muy en mi línea, estaba en el baño cuando trajeron la cuenta.

Cuando terminamos las cañas marchamos de nuevo en dirección Gijón y pasamos por casa de Joaco a preparar bocatas para ir a la playa. Sigo sin gustarle. Me lo dice su lenguaje corporal, la forma poco entusiasmada de ponerme crema, la distancia a la que coloca su toalla, el nulo tonteo que existe entre nosotros. Pero a mí él me gusta, verídico e inevitable, y no puedo evitar fantasear con que a lo mejor, aunque no juegue en su liga, está encandilado porque soy lista y graciosa y rubia natural.

Después de la playa me marcho a Otura a escalar otra vez con Pablo. La furgo y yo somos un solo ser, y empiezo a conocerme las rotondas de Gijón mejor que las de Chiclana. Otura está muy cerquita de Oviedo y, aun así, la carretera que lleva hacia allí parece el inicio del país de los gnomos, llena de árboles altos, hierba y musgo verde. Es una escuelita pequeña a pie de carretera con vías de caliza pinchuda que me recuerdan a las de la Veredilla.

Pablo asegura con su amabilidad descomunal y chorros de motivación. Cuando pruebo un 6b corto de pasos duros y delicados, me anima a matizar toda la secuencia antes de darle otro pegue. Él escala otra vía mientras mis antebrazos descansan y después vuelvo al 6b. Me caigo hasta cuatro veces y, como es corto, Pablo me anima otras tantas a bajar, desatarme el nudo y probar de nuevo desde abajo. Cuando me sale el paso difícil estoy tan emocionada que tiemblo, y apenas sé salir de la sección facilita de la vía, que tiene cantos enormes y buenas repisas para los pies. Encadeno y ya está, ya he hecho un 6b, y me encanta que haya sido aquí en Asturias, como bonito añadido a todo lo bueno que ya me llevo de este viaje. La tradición dice que cuando subes de grado tienes que invitar, pero como yo me voy pronto porque he quedado en el centro, reparto simbólicamente mis tortitas de maíz del Mercadona y me voy caminando contenta hacia la furgo carretera abajo, con cardenales en las rodillas, magnesio en las manos y el material de escalada en equilibrio sobre unos hombros cada vez más fuertes.

Llego a Gijón tarde y sucia. Menos mal que Nieves, que también es amor, me perdona el desliz con cariño de lectora benevolente. Me va a matar por contarlo, pero me lleva a una sidrería vía GPS y después me levanta de la mesa porque no hay platos vegetarianos en el menú. A mí me da igual y me parece sumamente divertido todo: el GPS, el vegetarianismo, dar vueltas por Gijón, hablar de blogs y de la vida, escuchar a Nieves y atender a sus preguntas de fan curiosa. Terminamos en un italiano estupendo, y lo cierto es que resulta difícil aguantarle la mirada porque es de estas personas verdaderamente bellas; no por tener unos rasgos perfectos ni nada, sino por su piel blanca y sus ojos vivos color verde Asturias, la voz suave, la sonrisa encantadora.

Le cuento el asunto de Joaco. “Debería pasar algo – me dice ella – porque el karma te lo debe y, sobre todo, porque pega con la historia. Con el SSHP”. “¿Verdad que sí?”, contesto, entusiasmada. Pero Joaco se ha ido a cenar con sus amigos del fútbol, y cuando me llama es para decir que marcha ya para casa. A las tres de la mañana, sin embargo, mientras yo ando perdida por Gijón buscando el sitio donde aparqué ayer la furgo, me llega un whassap, “que me he liado”, y a mí ese interés por decírmelo ya me huele a la ambivalencia rara que algunos tíos se traen conmigo. Cuando pasan de la fase amigos a la fase me creo que tu corazón es un punchingball. Me voy a dormir mitad mosqueada, mitad confusa. No quiero que me pase esto. No quiero que me guste un chico al que no le gusto yo. No quiero más rechazos. Me propongo firmemente quedarme quieta y ni siquiera contesto el último whassap; creo que hasta duermo con los ojos apretados de frustración, maldiciendo al karma, a los norteños buenorros y a mi puñetero corazón defectuosamente programado.

SSHP 9: El guaje Joaco


A las ocho y cuarto de la mañana está entrando Joaquín con su Ibiza negro en el aparcamiento de El Molinón. Lo primero que hace es tenderme el kit de desayuno: un termo de café, un tupper con leche y un poco de azúcar envuelta en papel de plata. Me tomo el café con un sobao pasiego y salimos en la furgo en dirección a Arenas de Cabrales, a los pies de Picos de Europa, donde él estuvo currando como profe durante un año. El plan es trepar, pero parece ser que puede que llueva, así que Joaquín mete en la parte trasera como cinco mochilas diferentes y la tabla de surf. “Hay que estar preparado para todo”, me dice. Al llegar, efectivamente, llueve, así que decidimos subir andando hasta Bulnes, un pueblecito que antes estaba incomunicado y que ahora tiene su propio funicular.

Joaquín me explica que le puedo llamar Xoacu, que es su nombre en asturiano, o Joaco, como le dicen su familia y sus amigos. Para Joaco los niños son guajes, todo (es) algu y las cosas le prestan (le gustan). Cada vez que le doy las gracias por algo me increpa con un “¡calla, ho!”, y yo le imito y me descojono. Y la verdad es que a lo largo del día voy teniendo un montón de motivos para darle las gracias. Camina conmigo hacia Bulnes y me dice que él es mi sherpa, que le diga cuándo quiero parar o estoy cansada. Desde detrás, mientras intento no asfixiame subiendo con mis patitas, observo cómo el estira despacio sus pasos largos. “No te preocupes por mí – me tranquiliza – estoy practicando técnica”.  En el pueblo me lleva a comprar una miel espesa y oscura que vende un paisanu y tomamos cañas con más pinchos, porque Joaco siempre tiene un hambre alegre y desorbitada. Flipo sin parar con la belleza desmesurada de Picos de Europa. Es tan verde, tan ajeno, tan parecido a un país mágico y encantado, que no puedes parar de mirar y abrir mucho la boca y los ojos.

El problema, por otra parte, es que Joaco está tremendo; no me queda más remedio que admitirlo cuando se cambia la camiseta sudada después de andar. Tiene el físico atlético y fibroso de los tíos que no buscan tener un físico atlético y fibroso, sino hacer un montón de deporte y vivir sanos y felices. Utiliza mucho la expresión "ir como un avión": dícese de andar o correr veloz o potente. Tú sí que estás como un avión, pienso sin remedio. Es mirarle y saber de forma instintiva que está fuera de mi liga, que dicen los americanos. Qué putada lo mío: soy una guapa mental de gustos exquisitos encerrada en el aspecto de una normalera.

De todas formas, a lo largo del día no es la evidente belleza de Joaco lo que me perturba, que también, sino la forma que tiene de hablar de sus alumnos, de sus guajes, y cómo saluda a los que se encuentra por la calle en Cabrales. Cómo me explica el método que utiliza para que sean capaces de correr diez minutos seguidos, para motivarles, que se tomen el deporte en serio y puedan disfrutar de él. La forma de cuidarme, como si darme gratis su atención y su tiempo fuera lo más natural del mundo. Cómo me lleva por la noche a casa de su hermana para que me duche y se queda viendo una serie sentado en el sofá con ella, porque aunque la serie le parezca textualmente una mierda, sabe que se siente un poco sola desde que lo dejó con su novio.

Joaco es amor y yo a él no le gusto. Lo saben mis huesos.

Aun así, noto como se va generando en mí el típico síndrome de “este tío me mola tela”, y mi SSHP, que hasta ahora fluía guay entre nuevos amigos e inofensivas celivibraciones, se impregna de la angustia de querer muy mucho tocar su cuerpo, y no sólo como el parque de atracciones que tiene pinta de ser, sino para estar cerca de ese corazón tan lindo que tiene.

Me voy a dormir con su imagen flotando en el techo de mi furgo, un poco mosqueada, un pelín esperanzada porque nunca se sabe y bueno, está el karma. Mañana me ha invitado a una manifestación por la escuela pública. Yo voy a ir porque el espíritu del SSHP tiene que ver con decir que sí, fluir, conocer la vida de la gente y demás, pero sobre todo voy a ir porque me apetece tenerle cerca, y eso me cabrea.